Un whatsapp para la persona errónea

Un WhatsApp para la persona equivocada

Un whatsapp para la persona errónea

Antes de enviar un mensaje de Whatsapp, comprueba dos veces a quién lo estás mandando…

Las conversaciones más recientes de WhatsApp pueden convertirse en una auténtica pesadilla cuando queremos mantener nuestra intimidad y nuestra privacidad. Y es que no resulta tan difícil enviar un mensaje ridículo a la persona equivocada. La mayoría de las veces, estas confusiones se arreglan fácilmente con un mensaje de disculpa y se quedan (como mucho) en una carcajada, pero en ocasiones el ridículo puede ser terrible…

Eso es lo que me ocurrió hace tiempo, cuando empecé a salir con mi pareja actual y nos mandábamos mensajes bastante “ñoños” llenos de amor (ojo, nada comprometidos, pero sí bastante cursis).

Pues resulta que un día, casi sin pensar en lo que estaba haciendo, me metí en la conversación más reciente de WhatsApp y escribí uno de esos mensajes amorosos. Casi siempre la conversación más reciente era mi pareja, pero hacía pocos minutos había recibido un mensaje de mi padre, y le llegó a él mi declaración de amor.

Lógicamente, mi padre me mandó varios signos de interrogación porque no entendía nada, y era obvio que ese texto no era para él.

Cuando conté esta anécdota, con un poco de vergüenza, a una amiga mía, se rió bastante de mí y me dijo que lo que me había ocurrido era en realidad una tontería en comparación con su metedura de pata.

En concreto, mi amiga había ido más allá, tanto en el contenido del mensaje como en el error del destinatario: un día, sin querer, mandó una foto suya semidesnuda, que en teoría iba destinada a su pareja… ¡al grupo de WhatsApp de la familia! Un grupo en el que se encontraban, por supuestos, los padres, los tíos y los primos de mi amiga.

La pobre casi murió de vergüenza… ¡Tierra, trágame!

Voy a tirar mi chupete

Chupete

Imagen de Anneke Wolf

Todo el mundo sabe el amor que los niños profesan hacia su(s) chupete(s).

Creo que uno de los grandes traumas infantiles es el causado por el momento de tener que abandonar a un amigo tan maravilloso, a un incansable compañero de fatigas, de llantos y de sueños.

Me han contado que mi hermano, cuando era pequeño, no se quería deshacer de su chupete porque decía que su peluche no podía dormir sin él. Hay que ver lo ingeniosos que son los niños…

Pero también son ingeniosos los padres. Hace unos años, recorriendo Suiza con mi familia, fuimos una noche a cenar en una terraza de Berna que estaba en lo alto de una colina.

Obviamente, la terraza estaba delimitada por vallas para evitar accidentes, y había unas vistas espectaculares desde ahí arriba.

Había un chico bastante joven con su hijo pequeño (que tendría un año y medio o dos años), y el niño se lo estaba pasando fenomenal correteando de un lado a otro y riéndose con su padre, que de vez en cuando lo cogía en brazos y lo llevaba junto a las vallas para enseñarle la colina.

Resulta que el niño estaba tan contento que se quitó el solito el chupete para poder “reírse mejor”. El padre, que tenía en la mano un chupete de repuesto, hizo de broma el amago de tirarlo por la colina (típico engaño que se le hace a los niños pequeños); y el hijo, para imitarle, hizo lo mismo… Obviamente, él lo tiró de verdad.

Todos los que mirábamos la escena, incluido el padre, nos quedamos alucinados y empezamos a reírnos. El niño tardó un poco más en darse cuenta de su error y se echó a llorar desconsoladamente.

Pobrecito, qué pena me dio. El padre tuvo que darle el chupete de repuesto para que dejara de llorar.

No sé por qué tengo la impresión de que ese niño tardó mucho, mucho tiempo en desprenderse definitivamente del chupete.