melocotón en almíbar – blog mi vida en cámara oculta

Un melocotón en almíbar con sabor inesperado

Hoy comparto una anécdota que me ha contado E. y que marcó un antes y un después en su vida: el descubrimiento (bastante traumático) de que muchos alimentos se parecen por su aspecto pero tienen un sabor dramático.

Cuando era pequeño, hace años, mi amigo solía comer con frecuencia melocotón en almíbar, que su tía guardaba siempre en la nevera en cacharros de cristal. Lo que más le gustaba de este alimento era precisamente el sabor dulce del almíbar, por lo que con frecuencia pedía a su tía que lo comprara.

Una tarde de verano en que hacía mucho calor, E. tenía ganas de tomar algo dulce y fresquito y abrió la nevera con la esperanza de encontrar un cacharro de melocotón en almíbar.

¡Y ahí estaba! En un cacharro de cristal, transparente, y con el contenido reluciente: melocotón en almíbar. Así que se lanzó sin pensarlo: agarró el cacharro con las manos y se lo llevó directo a la boca.

melocotón en almíbar – blog mi vida en cámara oculta

Imagen Creative Commons de Larra Jungle Princess.

Pero el resultado fue totalmente inesperado: lo que se llevó a la boca tenía un sabor muy desagradable y nada dulce… ¡Sabía a huevo!

Mi amigo tuvo el impulso de escupir inmediatamente y después, hablando con su tía, descubrió la verdad: se había roto un huevo crudo y ella había decidido volcarlo en un cacharro para que no se estropeara. Su intención era cocinarlo para la comida, ¡pero no podía imaginar que su sobrino lo tomaría como si fuera melocotón en almíbar!

La confusión se debe a que mi amigo apenas prestó atención al contenido: por su aspecto, la clara del huevo crudo parecía el almíbar, y la yema tenía también el mismo color que el melocotón.

Eso sí: el “trauma” que se llevó fue tan grande que pasaron varios meses antes de que volviera a apetecerle comer melocotón en almíbar 😛

Niños jugando con "basurilla"

Niños jugando con “basurilla”

Si hay un colectivo de personas que nunca dejará de sorprenderme, es sin duda el de los niños. Me encantan las ideas tan creativas que tienen y la ilusión y la inocencia que transmiten con todo lo que hacen y dicen.

Esta anécdota se la debo a una buena amiga que es maestra de Educación Infantil y está trabajando en un colegio (¡ella también está encantada con la creatividad de los niños!).

La semana pasada, mientras vigilaba el patio en el horario de recreo, un niño se acercó a decirle que había “una basurilla” en el suelo. Entonces mi amiga, como es lógico, lo acompañó mientras le explicaba que si había una basurilla, que había que recogerla y tirarla a la papelera.

Niños jugando con "basurilla"

El niño se quedó muy sorprendido (casi en shock) y pidió a mi amiga que lo siguiera. Recogió del suelo el objeto y se lo enseñó diciendo: “¿Veees? Esto es la basurilla”. Era un muñequito de juguete con forma de cubo de basura, y el niño quería dárselo a “la profe” para buscar al dueño del juguete perdido.

¡Mi amiga tuvo que hacer muchos esfuerzos para no reírse a carcajadas!

Gracias a M. por esta bonita y graciosa historia.

¿No quieres un poco de arroz?

¿No quieres un poco de arroz?

Todos sabemos que los niños pueden ser adorables (y lo son), aunque también son curiosos, traviesos y muy divertidos. Por eso creé en este blog una sección para “Cosas de críos” 😉 La lista de anécdotas que se pueden escribir es casi interminable…

Hoy me toca hablar de un pequeño y adorable miembro de mi familia, que dentro de poco cumplirá 3 años y que es bastante juguetón con la comida.

Hace unas semanas, mientras su madre lo vigilaba a la hora de la comida, el protagonista en cuestión cargó una cuchara con arroz mientras miraba a la mamá, y entonces ella pensó que le iba a ofrecer arroz.

Para su sorpresa, el niño se llevó directamente la cuchara a la boca (era de esperar, ¿no?) y se quedó tan tranquilo mientras masticaba.

¿No quieres un poco de arroz?

Entonces la madre le puso una cara muy triste, exagerando las facciones, para darle a entender al bebé que pensaba que el arroz era para ella…

Lo que ocurrió después fue totalmente inesperado: el niño también puso cara triste y decidió arreglar el problema: se metió dos dedos en la boca, sacó un granito de arroz y se lo tendió a su madre con toda la ilusión del mundo, acercándoselo a la boca… Jajajaja

Los niños tienen formas bonitas y curiosas de expresar amor. Me hizo mucha gracia esta anécdota y pensé que sería bonito compartirla con vosotros en el blog 🙂

Dos vacas de peluche: ¡qué confusión!

Dos vacas de peluche: ¡qué confusión!

Dos vacas de peluche: ¡qué confusión!

Imagen propia (en mi Instagram @pelucheando)

Empiezo la semana con fuerza y con nuevas anécdotas que compartir (¿qué sería de este blog sin los fines de semana llenos de planes maravillosos?)

Aprovechando que han bajado un poco las temperaturas (pero no demasiado) decidí pasar el domingo en la sierra de Guadarrama con una amiga, para disfrutar de algunas de las rutas que se pueden recorrer a pie en el bonito valle de la Fuenfría.

Como parte de la diversión decidí llevarme en la mochila a uno de mis peluches (la vaquita que veis en la imagen) y hacer algunas fotos para mi Instagram. Así que la vaquita de peluche posó con distintos fondos y se lo pasó fenomenal :p

Cuando hicimos una parada para comer, en una explanada donde mucha gente decide hacer una pausa, dejé la vaca fuera de la mochila, junto a todas las cosas que habíamos sacado para comer.

Una niña pequeña (de menos de dos años) se acercó corriendo (y con sus padres detrás de ella), llena de curiosidad. Me hizo mucha gracia el gesto de sorpresa que puso en su cara cuando vio la vaquita y dijo: “¡Oh!”

Los padres empezaron a reírse también por la reacción y le dijeron: “¡Anda, una vaquita como la tuya!” Y sacaron de su mochila otra vaca de peluche también muy bonita. La pobre niña se quedó confundida al ver los dos peluches, pero no tardó en reaccionar y acercarse corriendo a sus padres para abrazar a su querido peluche.

Pobrecita, a lo mejor se había confundido pensando que mi vaca era la suya y que la había perdido… Pero se recuperó pronto del susto y se alejó con la misma cara de felicidad que trajo, abrazando su vaquita de peluche y lista para continuar la caminata con su familia.

Broncas absurdas

Una infancia llena de broncas absurdas

Broncas absurdas

Imagen de OpenIcons

¡Hola a todos!

Aunque os salude con tanto entusiasmo, la pequeña historia que tengo para contaros hoy tiene esa mezcla de diversión y pena, porque habla de esos pequeños “traumas infantiles” que me gusta tanto compartir con vosotros.

En mi barrio hay dos o tres colegios y el mismo número de guarderías, por lo que es muy común compartir clase con los mismos compañeros en la guardería y en el colegio. Además, en el caso de los centros concertados religiosos, los docentes se conocen entre ellos y, de vez en cuando, organizan eventos en los que hay ocasión de ir a visitar a los antiguos profesores de la infancia.

Recuerdo una ocasión en la que un grupo de alumnos de mi colegio fuimos a realizar una actividad en una guardería en la que muchos de mi promoción habían pasado esos primeros años de su vida. La mayoría aprovecharon huecos para ir a saludar a sus profes y seños de entonces, pero descubrí que una de mis amigas se negaba rotundamente a ello.

Al preguntarle el porqué, me contó que no guardaba recuerdos alegres de aquel periodo de su infancia. Al parecer, recibió muchas broncas absurdas de algunas profesoras muy malhumoradas y que no debían de tener mucho amor por los niños. Recordaba perfectamente un día en el que llovió mucho y las escaleras del patio resbalaban mucho debido al agua.

Mi amiga resbaló y se cayó rodando… Y una profesora que la vio, creyendo que lo había fingido para “hacer el payaso”, empezó a gritar (ignorando las lágrimas de mi amiga, que se había hecho mucho daño). La bronca que se llevó fue espectacular…

Siempre que lo cuenta, provoca carcajadas entre los oyentes, porque es una de esas historias divertidas, absurdas y tristes a la vez. ¿Me contáis alguna anécdota parecida que os haya ocurrido a vosotros?

¡Salva a mi hija!

“¡Salva a mi hija!”

Esta anécdota que os cuento hoy me ocurrió en el verano de 2010, cuando estaba estudiando en una pequeña ciudad de Francia (si hacéis memoria, recordaréis muchos posts que conté sobre aquel mes tan curioso).

Sin embargo, nunca es tarde para recuperar algunas historias que nunca llegué a publicar, y he decidido que este es el momento. De hecho, durante unos días estaré de mini-vacaciones en Barcelona, así que tendré nuevas aventuras que contaros cuando vuelva.

Retrocedo a Francia y al verano de 2010. Un día de los que fui a la famosa piscina con toboganes, una madre me pidió que cuidara de su hija… O, más bien, me lo gritó con una mezcla de diversión y desesperación. Me explico:

Había dos toboganes. Empezabas el recorrido en uno de ellos (con flotador) y “aterrizabas” en una piscina intermedia donde te tenías que empujar con bastante dificultad (por culpa de ese maldito flotador) hasta la caída del segundo tobogán.

Esta madre iba delante de mí con dos niños, y la pobre no fue capaz de empujar a los dos de tal forma que cayeran a la vez que ella por ese segundo tobogán. De hecho, lo que ocurrió fue que cayó ella sola hacia el final del recorrido, y mientras caía me gritó: “¿Puedes empujarles, por favor?” Repito: había desesperación y humor en sus ojos.

En fin, supongo que a los niños les hizo mucha gracia que una desconocida bastante patosa (de nuevo, por culpa del flotador gigante) consiguiera empujarlos para llevarlos con su mamá…

Cumpleaños

La Policía en una fiesta de cumpleaños

Cumpleaños

Imagen de Ed g2s

El otro día compartieron conmigo una historia bastante extraña, y me quedé pensando en lo mucho que os gustaría leerla. Eso sí: mejor mantener el anonimato de “las víctimas”.

Los protagonistas son una madre y su hijo pequeño, que hace poco ha cumplido once años. Para celebrar esa ocasión especial, invitaron a todos los amigos del susodicho a pasar el día en su chalé de la sierra, y organizaron una fiesta con piñatas y globos que ya se ha instalado como una tradición familiar desde hace años.

Sin embargo, parece que no todos los vecinos recuerdan que este evento se repite una vez al año, ya que en un momento de la tarde, llamaron a la puerta del chalé y la madre del chico se quedó blanca al ver que entraban siete policías.

Al parecer, una vecina había llamado para avisar de que había oído disparos (sí, disparos), cuando ese sonido estaba causado, obviamente, por los niños jugando a explotar los globos.

La madre explicó la situación a los ya de por sí sorprendidos policías, y estos acabaron jugando con su sentido del humor preguntando de quién era el cumpleaños.

El protagonista de la tarde, el “cumpleañero” estaba tan asustado que apenas se atrevió a levantar la mano, pensando que había hecho algo malo y que los policías iban a arrestarlo.

Y ese fue el detalle que hizo que los agentes y la madre del niño se rieran durante un buen rato.

¡Vaya situación tan incómoda!