Una mochila muy especial "nacida" en un herbolario

Una mochila muy especial “nacida” en un herbolario

Como ya os he comentado anteriormente, me encantan los peluches y los juegos en general, y no hay manera de que me pase la fiebre… Ni siquiera con el paso de los años. ¿Qué le voy a hacer?

Esta anécdota tiene relación, precisamente, con un peluche corporativo de una marca de productos de dietética y suplementos. Se trata de Motomojomo, la adorable mascota de Novadiet, que rescaté de un mercadillo solidario hace un año para incorporarlo a mi gran colección de peluches.

Desde entonces lo he llevado de excursión a muchos sitios y tiene una posición bastante privilegiada en el salón de mi casa.

Lo verdaderamente gracioso es que el otro día, saliendo de mi casa, entró en el portal un repartidor de un herbolario… ¡y llevaba puesta una mochila de Motomojomo!

Le pregunté si podía hacerle una foto, y de paso le pedí que me contara de dónde había salido la mochila. Al parecer tenían en marcha una oferta de la marca en su herbolario, así que esa misma mañana me fui a descubrir la tienda.

Me atendió la novia del chico, a la que ya le habían contado toda la historia. Sí, debieron de pensar que soy una tía un poco rara… (“Aaaah, sí, me dijo que a lo mejor venía una chica preguntando por la mochila”)

En fin, ya sabéis que soy bastante experta en situaciones y casualidades extrañas, y gracias a que me encontré a ese chico en mi portal haciendo un reparto descubrí la existencia de la mochila.

Al final me animé a comprar el producto en cuestión para la oferta (veremos si lo uso para algo), ¡solo para tener la mochila!

 Una mochila muy especial "nacida" en un herbolario

A la izquierda, mi querido peluche Motomojomo, orgulloso de su nueva mochila

Pero bueno, os aseguro que ha merecido la pena. Ahora mi querido Motomojomo tiene una mochila con su cara 😀

Aclaración: No tengo nada que ver con la marca mencionada ni estoy recibiendo ningún beneficio por este artículo.

Mochila

Cómo hacer el ridículo con una mochila

Mochila

Imagen de faseextra

A veces me entran ganas de gritar “¡Soy experta en hacer el ridículo!” Os aseguro que me voy superando a mí misma con el paso del tiempo (a mí me parece que parece que la inteligencia o la no-patosidad no se desarrollan al cumplir años).

Siempre voy a clase con el ordenador en la mochila para poder tomar apuntes, así que necesito una mochila que resista el peso. Mi querida mochila negra empezó a romperse en los primeros meses del curso pasado, así que mis queridos compañeros de la universidad me compraron otra muy chula por mi cumpleaños.

No solo es mochila, sino también “maletín” porque tiene cintas para que la puedas colgar a la espalda o solo en un hombro (en ese típico “formato” de los maletines de portátiles). Pero he descubierto una gran desventaja de esa “tercera asa” para su posición horizontal…

La semana pasada, cuando fui a bajar uno de los tramos de escaleras de la facultad (con la mochila puesta a la espalda), el asa lateral se quedó enganchada en la barandilla y fui el hazmerreír de mis amigos y, de paso, de otros muchos alumnos desconocidos que pasaban por allí…

'Copenhagen Metro escalators' de Stig Nygaard

“¡Sapristi!”

'Copenhagen Metro escalators' de Stig Nygaard

‘Copenhagen Metro escalators’ de Stig Nygaard

Seguro que, dentro de vuestros grupos de amigos, hay alguien a quien le pasan las cosas más absurdas, anécdotas con las que todos os reís hasta que se os saltan las lágrimas. Y os reís aún más si la persona en cuestión reacciona de forma extraña ante las “adversidades” de la vida.

Tengo que relataros, quizá con menos gracia que la que tiene mi amigo protagonista de esta historia, un tropezón absurdo en el Metro, un “contratiempo” que me hizo reír durante tanto tiempo que me salieron agujetas en el abdomen.

Mi amigo subía por las escaleras del Metro un día cualquiera, en hora punta (más público para su numerito inesperado).

El caso es que el pobre chico subía por las escaleras mecánicas distraídamente cuando, de repente, las cuerdas de la pequeña mochila que llevaba en la espalda se engancharon al pasamanos de las escaleras de bajada y empezaron a tirar de él.

Mi amigo, con su clásico sentido del humor, gritó: “¡Sapristi!”, por lo que todos los de su alrededor se quedaron alucinados mirando mientras él, que había pronunciado esa extraña maldición, empezó a bajar a toda la velocidad que le fue posible (por las escaleras DE SUBIDA), arrojando al aire lo que llevaba en la mano y poniendo sus caras más extrañas.

Imagino que todos los presentes en el espectáculo, así como los vigilantes que observaban las cámaras de seguridad, se rieron hasta límites insospechados.

Otras personas, a pesar de la risa, sacaron su lado más amable para ayudar a mi amigo, como un señor que le esperó en la parte de arriba con el periódico y el libro que el susodicho había lanzado al aire en su intento desesperado por liberarse.

Dos compañeros estaban conmigo cuando la víctima de esta historia (digna de cámara oculta, evidentemente) nos relató todo lo ocurrido. Lloramos de la risa y nos dolía la tripa. Además, no parábamos de decirle: “¡solo a ti se te ocurriría decir sapristi!”.

Llegamos incluso a anotar la fecha aproximada en la que eso había tenido lugar por si algún día conseguimos ir a los archivos de las cámaras de seguridad del Metro. ¿Alguien sabe si se puede acceder a ellos para verlos, o si hace falta permiso de investigación? Jejeje.

Gracias a V. por su magnífica aventura.