llaves apartamento airbnb – mi vida en cámara oculta

¿En qué piso vivo?

Este fin de semana he vivido una anécdota bastante curiosa (y ridícula) gracias a Airbnb, y gracias también a mi cabeza despistada.

He pasado dos días en un congreso en otra ciudad, y me alojé en un piso con otros amigos, a través de la plataforma Airbnb. Como yo fui la primera en llegar, quedé con la propietaria para recoger las llaves y para entrar al apartamento.

Subimos al piso y la chica me enseñó todas las habitaciones, me explicó lo que había dejado en la casa para nosotros y revisamos juntas el acuerdo al que habíamos llegado.

Como había una cama extra que no estaba prevista en un principio, tenía que pagarle un extra en efectivo. Ella no tenía cambio, y decidimos bajar a la cafetería de enfrente a cambiar mi billete para poder pagarle.

El “pequeño” problema es que me dejé el móvil arriba, cargando, y bajé solo con las llaves y la cartera… Cuando la propietaria se marchó, me di cuenta de que no recordaba el piso al que habíamos subido, y la dirección detallada la tenía –cómo no– en el móvil.

Por suerte sí recordaba la letra del apartamento, así que subí en ascensor hasta el último piso –por suerte, el edificio tenía solo cinco– y empecé a bajar por las escaleras piso por piso hasta que di con el apartamento adecuado.

Por suerte para mí, recordaba perfectamente el aspecto de la puerta y no me tocó ir probando la llave en pisos de desconocidos para saber cuál era el mío…

llaves apartamento airbnb – mi vida en cámara oculta

En cuanto entré al apartamento, lo primero que hice fue desenchufar el móvil y metérmelo en el bolsillo. ¡No podía permitir que me volviera a ocurrir en otra ocasión!

Desde luego, lo que no me pase a mí… ¡no le pasa a nadie! Eso sí: os aseguro que en esos dos días ya no volví a cometer ese error garrafal ni una vez, y me aprendí perfectamente de memoria todos los detalles de la dirección 😛

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Hay días tontos...

Hay días tontos…

Hay días tontos...

Imagen de Gina.

“Hay días tontos… y tontos todos los días”. Esa es una frase que decía muy a menudo un compañero mío del colegio, y que siempre me ha hecho gracia. Efectivamente, hay días en los que las fuerzas del universo se alían contra ti de tal forma que llegas a plantearte que el problema lo tienes tú mismo.

La semana pasada (el viernes) tuve uno de esos días. Para empezar, un examen en el que el karma no me sonrió; para seguir, cansancio acumulado, malestar, dolor de cabeza y apatía general.

Es cierto que conseguí animarme un poco gracias al numerito de autocar-discoteca que montaron en la autoescuela para llevarnos al circuito de prácticas (como ya os he contado en el post anterior), pero un día tan malo pesa cada vez más a medida que pasan las horas. A las 20.00 de la noche, mi cerebro no daba más de sí.

¿Y quién sufrió las consecuencias? Un profesor del circuito que acabó ese día con ganas de asesinarme (no me dijo nada, pero seguro que lo pensó).

Estaba terminando de aparcar a las 21.00 para salir del coche, y vino el susodicho a recordarme que, cuando terminara, le diera las llaves. Me lo dijo dos veces, para mayor “inri”.

Pues bien: ¡viva mi cerebro agotado en los “días tontos”! Terminé el aparcamiento, me fui a la entrada del circuito (a la que se llega, por cierto, subiendo escaleras)… Y cuando estaba ya arriba, vino el profesor a pedirme las llaves.

Premio: las había dejado en el coche. Aquel “¡Mieeeerdaaaa!” que me salió dio buena cuenta de mi desesperación en ese momento, pero no sé si le ayudaría al profesor con paciencia de santo, que simplemente añadió: “No te preocupes, ya bajo yo a por ellas”.

A saber en cuántos idiomas me maldijo para sus adentros. A ver si por algún casual lee esto… ¡No me guardes rencor, R., que era un “día tonto”!