De Madrid a Valencia por error

De Madrid a Valencia por error

¿Alguna vez has tenido que moverte en una ciudad que no es la tuya, con miedo a confundirte de tren o de autobús y de terminar a kilómetros de distancia? Incluso es probable que te haya pasado alguna vez, como la aventura que tuve yo con el metro de Nueva York

Pero lo que realmente asusta es coger un tren equivocado que te deje en la otra punta del país. Suena descabellado o incluso surrealista, pero una serie de circunstancias hicieron que una amiga mía terminara a cientos de kilómetros de casa en un día normal y corriente, al salir del trabajo.

Se trata de una chica que vive en uno de los pueblos de la sierra de Madrid, y cada día toma el tren de Cercanías para trasladarse a la capital. Repito: es una tarea cotidiana, que repite a diario, siempre en la misma estación.

Sin embargo, por alguna extraña circunstancia, un día le salieron mal todos los planes. Se confundió de andén y se subió sin pensarlo en un tren de larga distancia, donde nadie le pidió el billete para acceder. Atención, porque este detalle es bastante llamativo teniendo en cuenta lo que vendría después…

Cuando tienes prisa (y nadie te pide billete), puedes subirte a un tren equivocado…

El resultado increíble es que la chica acabó en un tren de larga distancia con destino Valencia y sin paradas. Ningún empleado de Renfe le había pedido el billete, y cuando se dio cuenta del error ya era demasiado tarde.

El tren arrancó y la pobre chica no tuvo más remedio que asumir la situación. Intentó hablar con los empleados en el tren, pero no pudieron ofrecerle ninguna solución. La pobre tuvo que viajar todo el trayecto hasta Valencia, desesperada y preguntándose todo el rato cómo había llegado a ocurrir todo eso.

Los trabajadores de Renfe la vieron tan desesperada que le ofrecieron volver de Valencia a Madrid en el siguiente tren, totalmente gratis…

¡Si no lo leo, no lo creo!

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Primer día de clase

Primer día de clase (glups)

Primer día de clase

Imagen de BdwayDiva1

Hoy me he despedido oficialmente del verano y he vuelto a la universidad. Aunque no me hacía especial ilusión sumergirme de nuevo en la rutina, en cierto modo sí que me apetecía comenzar un nuevo curso “lleno de aventuras”.

Para ser el primer día, el contenido de las clases has ido bastante light y siguiendo el esquema de una simple presentación de las asignaturas. Pero las cosas no se han desarrollado con tanta normalidad como habría cabido esperar…

Después de comer, entré con una amiga al aula en la que supuestamente se imparte Marketing. Y me gustaría remarcar la palabra “supuestamente”…

La primera impresión fue de sorpresa: había demasiada gente si tenemos en cuenta que la asignatura era optativa, y yo no pude evitar hacer un comentario de broma a mis amigos: “¡Vaya marea de gente! ¡Todos estamos en Marketing, listos para timar a los consumidores!” [Por favor, que ningún experto de esta materia se lo tome como algo personal, jeje].

Y ese fue mi momento “glups” del día, porque giré la cabeza y constaté que el profesor estaba detrás de mí y lo había oído todo…

Lo mejor llegó después, cuando el profesor dijo que esa era el aula de otra asignatura, y unas veinte personas matriculadas en Marketing nos levantamos para ir en busca de nuestro verdadero lugar. Y todo porque el servicio automático de creación de horarios que tiene la facultad en Internet había incluido un número erróneo de aula.

A eso se le llama empezar las clases con buen pie… ¡este año promete!

'Ashamed monkey' por event18dee

Calzoncillos XXL

'Ashamed monkey' por event18dee

‘Ashamed monkey’ por event18dee

Esta es otra anécdota que me ocurrió en Nueva York el verano pasado.

Creo que el título del post puede sugerir cosas muy diferentes, así que voy a apresurarme a aclarar vuestras posibles dudas.

El tío de la amiga con la que viajé había hecho por Internet un pedido de ropa en una tienda muy cara del centro de Nueva York un mes antes. Con las camisas no hubo ningún problema, pero está claro que alguien lanzó una maldición a los calzoncillos, porque las tallas llegaron totalmente equivocadas. Y cuando digo “totalmente equivocadas”, quiero decir que los calzoncillos eran XXL o, más bien, XXXXXXXXXXXXXXL.

Así que la víctima del problema contó con su querida sobrina y con su amiga (o sea, yo) para ir a descambiar los calzoncillos gigantes en la tienda de Nueva York.

Resultará cómico imaginar cómo, una tarde cualquiera, en medio de nuestro paseo turístico neoyorquino, con un calor tremendo, pantalones cortos y la cara increíble de “adolescentes guiris”, entramos en una tienda muy cara de trajes para caballeros, con dependientes vestidos con máxima elegancia y procurando que ningún cliente quedara disgustado con la atención recibida.

Por si la situación no fuera ya suficientemente patética, nos sentimos realmente incómodas cuando explicamos a una dependienta el problema que teníamos y sacamos de las mochilas los famosos calzoncillos tamaño sábana.

A la pobre chica le tocó sufrir por la lucha entre su “decencia profesional” (que le impedía reírse con nosotras o de nosotras ahí mismo) y el más lógico sentido común (era demasiado surrealista para ser cierto). Finalmente ganó el sentido común y se echó a reír con ganas mientras buscaba una posible solución.

Lamentablemente, tuvo que contar la historia a otro dependiente, quien, después de reír también a carcajadas, nos confirmó que en esa tienda no quedaban calzoncillos y nos dio la dirección de otra donde nos harían el cambio sin problema.

Sí, habéis adivinado: nos tocó repetir otra vez la incómoda situación en otra tienda de la misma cadena, otra tarde cualquiera, pero con los mismos calzoncillos gigantescos y con el mismo aspecto de turistas agotadas.

Finalmente nos cambiaron los calzoncillos por otros de la talla apropiada, y en cierta medida nos dio pena desprendernos de ellos. Eso sí: conservamos una foto con ellos. Os haréis una idea del verdadero tamaño de los calzoncillos si os digo que, teniendo pantalones puestos, nos pusimos los calzoncillos por encima y… ¡cupimos una en cada pierna!