No corras persiguiendo al autobús – Mi vida en cámara oculta

No corras persiguiendo al autobús

Correr a toda velocidad detrás de un autobús que estás a punto de perder puede no ser tan buena idea. En realidad hay muchas probabilidades de que la misión salga mal: a lo mejor no llegas a tiempo a la parada para subirte, o sí llegas pero el conductor se niega a abrirte la puerta, o lo alcanzas en el último segundo y no te ve porque arranca sin mirar el retrovisor.

Hoy te presento una nueva opción, todavía más desagradable si tienes prisa. Porque yo aquel día iba con el tiempo muy justo para unas gestiones y no lo pensé ni un segundo: eché a correr a toda velocidad para no perder el autobús.

Ahora llega la parte graciosa/ridícula: yo perseguía un autobús de una línea que tiene muchas paradas en común con otra, y estaba convencida de que, nada más girar la esquina, la primera parada era común para esas dos líneas.

¡Sorpresa sorpresa! Llegué con la lengua fuera y el corazón palpitando a tres mil por minuto. Y llegué justo a tiempo para que el autobús pasara por delante de mí mientras el conductor me señalaba el cartel de la parada y sacudía la cabeza.

autobús mi vida en cámara oculta

Me quedé a cuadros. Miré rápidamente el cartel… Efectivamente: esa parada solo correspondía a la otra línea. La de mi autobús estaba algo más adelante, y por más que corrí ya fue imposible llegar a tiempo.

¿Qué conclusión saco? Pues que la misión de cazar el autobús, con las prisas, fue un desastre. Y también aprendí una lección: asegúrate de que esa parada forma parte del recorrido de tu línea :-/

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Kilómetros de carretera para recuperar el DNI – Mi vida en cámara oculta

Kilómetros de carretera para recuperar el DNI

Esta es la historia de un hotel que hizo perder mucho tiempo (y mucha gasolina) a los familiares de una amiga mía.

El verano pasado emprendieron un viaje en coche desde España hasta Portugal, con varias paradas para conocer diferentes ciudades. Pero en la primera parada intermedia se enfrentaron a un problema técnico que les hizo perder mucho tiempo y muchas energías.

Al hacer el registro en la habitación, la madre de mi amiga entregó su DNI para los datos personales. Mientras hacían turismo, los responsables de recepción se encargarían (supuestamente) de completar el registro y le devolverían el DNI después.

 

Kilómetros de carretera para recuperar el DNI – Mi vida en cámara oculta

Dejar abandonado el DNI por error y que sea muy difícil recuperarlo puede ser una pesadilla en medio de un viaje…

Y aquí viene el problema: en recepción se olvidaron de que tenían ese DNI pendiente, y la familia de mi amiga tampoco lo recordó.

Por la mañana salieron de viaje hacia el siguiente destino, y cuando ya estaban llegando se dieron cuenta del olvido.

Lo primero que hicieron fue llamar al hotel, pero los empleados no tenían muchas ganas de ayudar y repetían constantemente que ellos no tenían ningún DNI allí.

Al final no les ofrecieron ninguna solución y lo único que pudieron hacer fue dar media vuelta y regresar. Eran casi 200 kilómetros de camino, pero no había otra opción.

Por suerte, después de mucho insistir, consiguieron recuperar el DNI perdido y retomar el viaje… Con una anécdota más que no olvidarán fácilmente.

Gracias a L. por esta historia.

puerta mi vida en cámara oculta

¡Perdón, me confundí de puerta!

Hoy tengo que compartir una anécdota muy tonta que protagonicé por ir demasiado despistada. En mi defensa diré que era viernes por la tarde, a última hora, después de una larga semana de trabajo… Y con el cansancio y mi despiste me confundí de puerta en una urbanización.

Os pongo en situación: había acudido a casa de una conocida en un barrio bastante alejado de mi casa. Es una zona con urbanizaciones grandes, de esas en las que un mismo número de la calle está compuesto por varios edificios…

La urbanización era un auténtico laberinto, nunca había estado allí antes,  y tuve que dar varias vueltas hasta encontrar el edificio y la escalera correspondientes.

puerta mi vida en cámara oculta

El caso es que era viernes por la tarde, como ya he dicho, y a última hora. Estaba agotada después de una semana muy completa de trabajo y salí bastante tarde de casa de mi amiga.

Cuando salí del portal de su edificio, me acerqué a la puerta de la urbanización, porque recordaba hacia qué calle estaba orientada. Pero en ese lateral no conseguía encontrar la salida: solo veía las vallas altas de metal y no distinguía ninguna zona distinta donde pudiera haber una puerta.

Por fin, a la izquierda del todo, encontré una puerta, y estaba segura de haber entrado por ahí al llegar.

¡Error!

La puerta era de cristal oscuro y no podía ver claramente lo que había al otro lado, pero estaba convencida de que era la salida de la urbanización. Además, estaba pendiente del teléfono porque iba hablando con una amiga por WhatsApp…

Abrí la puerta, tirando de ella con gran decisión, y me di un susto de muerte. Me había confundido de puerta y esa no era la de salida, sino la de la conserjería. Ahí estaba el conserje, sentado y mirándome con cara de sorpresa y diversión por mi error.

Casi me muero de la vergüenza, sobre todo porque desde dentro se veía perfectamente lo de fuera. El hombre me había visto llegar distraída con el teléfono y totalmente convencida al abrir la puerta.

Le pedí disculpas varias veces, sin poder evitar la risa nerviosa, y me fui de allí a toda velocidad (por la puerta real del edificio).

Creo que el conserje aún se está riendo de mí… ¡Tierra, trágame!

Libreta

¿Dónde está mi libreta?

Libreta

Imagen de SplitShire

Hace varias semanas, antes de que empezaran las vacaciones, estaba currando de monitora como cada viernes. Mi compañera de fatigas y gran amiga mía desde la tierna infancia, siempre ha sido bastante despistada en el sentido de que suele olvidar y perder sus pertenencias con bastante frecuencia.

Ese día, ya habíamos terminado las actividades con nuestros chavales y nos disponíamos a salir de la sala para marcharnos a casa. Mi amiga, de repente, se acercó a una de las mesas (la que siempre utilizamos nosotras dos) para mirar más de cerca una agenda bastante bonita, hecha con material reciclado. Ya sabéis, se están poniendo de moda…

Esta libreta era de una ONG, y mi amiga lo notó al instante: “¡Hala, qué guay, es como la mía, yo me quiero hacer voluntaria de esta ONG!”

De repente se le quedó una cara digna de las películas de humor absurdas, abrió la libreta y dijo: “¡Un momento, pero si es la mía! ¡Me la dejé olvidada la semana pasada!”

Como diría mucha gente: “Aaaaaaay, Señor, dame paciencia…”

Autoescuela

La maldición de la autoescuela

Autoescuela

Imagen de Line-of-Pix.

Todavía me quedan anécdotas de la autoescuela.

Teníamos un profesor que se metía mucho conmigo porque, a menudo, se me olvidaba apagar las luces del coche cuando salía. Teniendo en cuenta que formábamos parte del último turno de aparcamiento, dejarlas encendidas suponía que el coche se quedara así durante toda la noche, y esa no era la mejor de las ideas.

Recuerdo un día en el que se me dio particularmente mal eso de aparcar. El día parecía no acabarse y casi celebré de todas las maneras posibles el fin del circuito.

Le entregué las llaves del coche, muy aliviada, a mi profesor (tengo que añadir que el susodicho es aquel que me odió profundamente por olvidar las llaves en una ocasión anterior). Su respuesta fue maravillosa: “¿Tú en tu casa dejas las luces encendidas cuando sales?”

V ale, vale: cagada una vez más. Y o creía que este profesor tendría ya un muñequito vudú para torturarme, pero lo cierto es que el karma o la casualidad me otorgaron una dulce venganza.

Volviendo hacia Madrid esa misma tarde, en su coche, charlábamos dos alumnas y él sobre música y otros temas en general. De repente (ya casi entrando en Madrid), nos mandó callar a las dos, me miró con cara de angustia y me dijo: “¿He apagado las luces generales del circuito?”

Mi compañera y yo empezamos a reírnos como nunca, aprovechando su frase “¿Es que no apagas las luces en tu casa?”

Le recordé y aseguré que sí las había apagado (porque, de hecho, me había dejado sin luz mientras yo estaba acabando de aparcar), le insistí en que no se preocupara y ya se quedó más tranquilo.

¿Lo más gracioso? Al día siguiente hubo un apagón en el circuito y estuvimos varios días aparcando sin luz. Una perfecta venganza para meternos con él, que había sido el último en tocar el cuadro de luces.

Pero la ley de Murphy hizo que, uno de los días, me tocara aparcar con un coche que tenía una rueda pinchada. Y cuando nos dimos cuenta, la única opción que quedaba para aparcar era otro coche sin luces.

O sea, en resumen: era una noche muy lluviosa, sin luces generales en el circuito, y yo conducía un coche sin luces.

Y yo os lanzo de nuevo esa pregunta: ¿de verdad es divertido conducir?

Hay días tontos...

Hay días tontos…

Hay días tontos...

Imagen de Gina.

“Hay días tontos… y tontos todos los días”. Esa es una frase que decía muy a menudo un compañero mío del colegio, y que siempre me ha hecho gracia. Efectivamente, hay días en los que las fuerzas del universo se alían contra ti de tal forma que llegas a plantearte que el problema lo tienes tú mismo.

La semana pasada (el viernes) tuve uno de esos días. Para empezar, un examen en el que el karma no me sonrió; para seguir, cansancio acumulado, malestar, dolor de cabeza y apatía general.

Es cierto que conseguí animarme un poco gracias al numerito de autocar-discoteca que montaron en la autoescuela para llevarnos al circuito de prácticas (como ya os he contado en el post anterior), pero un día tan malo pesa cada vez más a medida que pasan las horas. A las 20.00 de la noche, mi cerebro no daba más de sí.

¿Y quién sufrió las consecuencias? Un profesor del circuito que acabó ese día con ganas de asesinarme (no me dijo nada, pero seguro que lo pensó).

Estaba terminando de aparcar a las 21.00 para salir del coche, y vino el susodicho a recordarme que, cuando terminara, le diera las llaves. Me lo dijo dos veces, para mayor “inri”.

Pues bien: ¡viva mi cerebro agotado en los “días tontos”! Terminé el aparcamiento, me fui a la entrada del circuito (a la que se llega, por cierto, subiendo escaleras)… Y cuando estaba ya arriba, vino el profesor a pedirme las llaves.

Premio: las había dejado en el coche. Aquel “¡Mieeeerdaaaa!” que me salió dio buena cuenta de mi desesperación en ese momento, pero no sé si le ayudaría al profesor con paciencia de santo, que simplemente añadió: “No te preocupes, ya bajo yo a por ellas”.

A saber en cuántos idiomas me maldijo para sus adentros. A ver si por algún casual lee esto… ¡No me guardes rencor, R., que era un “día tonto”!