Una tortuga que viaja con chófer – Mi vida en cámara oculta

Una tortuga que viaja con chófer

Todos tenemos mucho cariño a las mascotas, pero seguro que pocos hemos mandado a nuestros animales de compañía a recorrer la ciudad en un coche privado con chófer… Y yo conozco la historia de una tortuga que viajó en el asiento del copiloto con todos los lujos y las comodidades posibles.

La historia es parte de un gran repertorio que consigues cuando conoces a gente trabajando en el sector del taxi, en plataformas con Cabify o en otras empresas de conducción con chófer privado.

Este amigo salió un día a trabajar con normalidad y recibió el encargo de recoger una tortuga para llevarla de un punto a otro de la ciudad. En total el trayecto era de aproximadamente 20 minutos, pero se hicieron eternos…

Una tortuga que viaja con chófer – Mi vida en cámara oculta

El animal, al parecer, había pasado varios días en casa de la hermana de la dueña. Y la dueña estaba ansiosa por recuperar a su tortuga, así que había encargado el servicio de chófer para que le llegara lo antes posible (y en buenas condiciones).

Parece que a esta mujer los 20 minutos le parecían una espera insoportable, porque llamó un total de tres veces por teléfono al chófer para preguntar por dónde iba y –atención– por cómo estaba la tortuga.

Le preguntó varias veces si la tortuga estaba bien, si estaba tranquila…

Mi pobre amigo no sabía ya qué más responder. Tenía que estar atento al volante y lo único que veía en el asiento del copiloto es que la tortuga estaba ahí quietecita, sin moverse, y sin ninguna señal de que algo fuera mal. ¿Qué más necesitaba saber la dueña en un trayecto de 20 minutos?

¡Si no lo leo, no lo creo!

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Micro-infarto por el salto de una pitbull – Mi vida en cámara oculta

Micro-infarto por el salto de una pitbull

Hoy toca hablar de animales (concretamente, de perros). Porque hay una pitbull que casi le provoca un infarto a un amigo cuando fue a recoger a unos clientes en su vehículo Cabify.

La joven había encargado un coche para desplazarse al aeropuerto y salir de viaje este verano. Pero cuando mi amigo llegó a su casa, todavía quedaban algunos preparativos de última hora por hacer.

Mi amigo ayudó a llevar las maletas del portal al maletero para acelerar el proceso, pero no se esperaba el “ataque” de la pitbull.

Cuando abrió el maletero y empezó a guardar el equipaje, no le dio tiempo a reaccionar. Vio de reojo un animal que saltaba con toda su energía, directo hacia él, y apenas pudo reconocer qué tipo de animal le estaba atacando.

Pero ya sabemos que los perros son adorables, y la protagonista de la historia no estaba intentando atacar a nadie. Lo que hizo fue saltar directamente por encima de mi amigo y “aterrizar” en el maletero, donde se tumbó poniendo carita de pena.

No sabemos qué cara se le quedó a la pitbull, pero seguro que era parecida a la que vemos en esta foto 😀

Después del “micro-infarto” inicial, llegaron las risas. Los dueños explicaron a mi amigo que su perrita estaba triste porque sabía que se iban y quería que la llevaran con ellos. ¡Por eso se había metido directa al maletero!

Al final, con un poco de esfuerzo, pudieron sacarla de allí para llevarla de nuevo al interior de la casa, donde los otros familiares la iban a cuidar durante las vacaciones. Aunque seguro que la pobre lo pasó mal echando de menos a sus dueños durante tantos días…

Kilómetros de carretera para recuperar el DNI – Mi vida en cámara oculta

Kilómetros de carretera para recuperar el DNI

Esta es la historia de un hotel que hizo perder mucho tiempo (y mucha gasolina) a los familiares de una amiga mía.

El verano pasado emprendieron un viaje en coche desde España hasta Portugal, con varias paradas para conocer diferentes ciudades. Pero en la primera parada intermedia se enfrentaron a un problema técnico que les hizo perder mucho tiempo y muchas energías.

Al hacer el registro en la habitación, la madre de mi amiga entregó su DNI para los datos personales. Mientras hacían turismo, los responsables de recepción se encargarían (supuestamente) de completar el registro y le devolverían el DNI después.

 

Kilómetros de carretera para recuperar el DNI – Mi vida en cámara oculta

Dejar abandonado el DNI por error y que sea muy difícil recuperarlo puede ser una pesadilla en medio de un viaje…

Y aquí viene el problema: en recepción se olvidaron de que tenían ese DNI pendiente, y la familia de mi amiga tampoco lo recordó.

Por la mañana salieron de viaje hacia el siguiente destino, y cuando ya estaban llegando se dieron cuenta del olvido.

Lo primero que hicieron fue llamar al hotel, pero los empleados no tenían muchas ganas de ayudar y repetían constantemente que ellos no tenían ningún DNI allí.

Al final no les ofrecieron ninguna solución y lo único que pudieron hacer fue dar media vuelta y regresar. Eran casi 200 kilómetros de camino, pero no había otra opción.

Por suerte, después de mucho insistir, consiguieron recuperar el DNI perdido y retomar el viaje… Con una anécdota más que no olvidarán fácilmente.

Gracias a L. por esta historia.

Autoescuela

La maldición de la autoescuela

Autoescuela

Imagen de Line-of-Pix.

Todavía me quedan anécdotas de la autoescuela.

Teníamos un profesor que se metía mucho conmigo porque, a menudo, se me olvidaba apagar las luces del coche cuando salía. Teniendo en cuenta que formábamos parte del último turno de aparcamiento, dejarlas encendidas suponía que el coche se quedara así durante toda la noche, y esa no era la mejor de las ideas.

Recuerdo un día en el que se me dio particularmente mal eso de aparcar. El día parecía no acabarse y casi celebré de todas las maneras posibles el fin del circuito.

Le entregué las llaves del coche, muy aliviada, a mi profesor (tengo que añadir que el susodicho es aquel que me odió profundamente por olvidar las llaves en una ocasión anterior). Su respuesta fue maravillosa: “¿Tú en tu casa dejas las luces encendidas cuando sales?”

V ale, vale: cagada una vez más. Y o creía que este profesor tendría ya un muñequito vudú para torturarme, pero lo cierto es que el karma o la casualidad me otorgaron una dulce venganza.

Volviendo hacia Madrid esa misma tarde, en su coche, charlábamos dos alumnas y él sobre música y otros temas en general. De repente (ya casi entrando en Madrid), nos mandó callar a las dos, me miró con cara de angustia y me dijo: “¿He apagado las luces generales del circuito?”

Mi compañera y yo empezamos a reírnos como nunca, aprovechando su frase “¿Es que no apagas las luces en tu casa?”

Le recordé y aseguré que sí las había apagado (porque, de hecho, me había dejado sin luz mientras yo estaba acabando de aparcar), le insistí en que no se preocupara y ya se quedó más tranquilo.

¿Lo más gracioso? Al día siguiente hubo un apagón en el circuito y estuvimos varios días aparcando sin luz. Una perfecta venganza para meternos con él, que había sido el último en tocar el cuadro de luces.

Pero la ley de Murphy hizo que, uno de los días, me tocara aparcar con un coche que tenía una rueda pinchada. Y cuando nos dimos cuenta, la única opción que quedaba para aparcar era otro coche sin luces.

O sea, en resumen: era una noche muy lluviosa, sin luces generales en el circuito, y yo conducía un coche sin luces.

Y yo os lanzo de nuevo esa pregunta: ¿de verdad es divertido conducir?

Hay días tontos...

Hay días tontos…

Hay días tontos...

Imagen de Gina.

“Hay días tontos… y tontos todos los días”. Esa es una frase que decía muy a menudo un compañero mío del colegio, y que siempre me ha hecho gracia. Efectivamente, hay días en los que las fuerzas del universo se alían contra ti de tal forma que llegas a plantearte que el problema lo tienes tú mismo.

La semana pasada (el viernes) tuve uno de esos días. Para empezar, un examen en el que el karma no me sonrió; para seguir, cansancio acumulado, malestar, dolor de cabeza y apatía general.

Es cierto que conseguí animarme un poco gracias al numerito de autocar-discoteca que montaron en la autoescuela para llevarnos al circuito de prácticas (como ya os he contado en el post anterior), pero un día tan malo pesa cada vez más a medida que pasan las horas. A las 20.00 de la noche, mi cerebro no daba más de sí.

¿Y quién sufrió las consecuencias? Un profesor del circuito que acabó ese día con ganas de asesinarme (no me dijo nada, pero seguro que lo pensó).

Estaba terminando de aparcar a las 21.00 para salir del coche, y vino el susodicho a recordarme que, cuando terminara, le diera las llaves. Me lo dijo dos veces, para mayor “inri”.

Pues bien: ¡viva mi cerebro agotado en los “días tontos”! Terminé el aparcamiento, me fui a la entrada del circuito (a la que se llega, por cierto, subiendo escaleras)… Y cuando estaba ya arriba, vino el profesor a pedirme las llaves.

Premio: las había dejado en el coche. Aquel “¡Mieeeerdaaaa!” que me salió dio buena cuenta de mi desesperación en ese momento, pero no sé si le ayudaría al profesor con paciencia de santo, que simplemente añadió: “No te preocupes, ya bajo yo a por ellas”.

A saber en cuántos idiomas me maldijo para sus adentros. A ver si por algún casual lee esto… ¡No me guardes rencor, R., que era un “día tonto”!

Mi profesor no me quiere

Mi profesor no me quiere

Mi profesor no me quiere

Imagen de Je2Design.

Tan solo un par de días después del famoso episodio de la comunicación entre conductores (que ya os relaté en un post anterior), dejé de admirar incondicionalmente a mi “ya-no-tan- querido” profesor de autoescuela.

Y lo que os tengo que contar es que tuve que cambiar un día la hora de asistencia a mi clase práctica de circulación porque me había surgido un imprevisto de la facultad.

Por tanto, dos días antes, llamé a la oficina de la autoescuela para avisar de mi cambio de hora, y un día antes se lo recordé en persona a mi profesor.

Llegó el día de mi clase cambiada de hora (y, dejadme mencionar, que estaba “encajadísima” en mi ajetreado día) y mi profesor no apareció. Esperé durante media hora y al final, muy enfadada, me fui.

El colmo es que la clase era al mediodía y, por tanto, la autoescuela estaba cerrada: era inútil llamar para quejarme o para preguntar qué había pasado.

Armándome de un poco más de paciencia, esperé a que abrieran y, justo cuando estaba quejándome a la secretaria, sonó el teléfono de la oficina.

Ella respondió y me dijo que era mi profesor, así que me pasó el teléfono y me tocó escuchar las disculpas del pobre que, al parecer “se había olvidado de mí”.

Pues a ver si me voy a olvidar de pagarle la próxima clase, jejeje. Empiezo a creer que los taxistas y demás conductores tienen algo personal contra mí (ya empecé a cuajar la idea en Finisterra, ¿recordáis?)

'Skin tanning' de Onetwo1

Moreno-cangrejo camionero

'Skin tanning' de Onetwo1

‘Skin tanning’ de Onetwo1

Me hacen mucha gracia las expresiones del tipo “rojo como un cangrejo” o “moreno camionero”. La primera, como bien sabéis, se refiere al tono de piel que queda inmediatamente después de haber tomado el sol sin protección: maravillosas quemaduras.

La segunda, en cambio, hace referencia a los brazos de los camioneros, que por sus interminables horas en carretera, con el brazo izquierdo expuesto al viento y al sol, tienen bronceado solo esa fracción del brazo no cubierta por la manga de la camiseta. Aplicado a la vida cotidiana, muchos tenemos “moreno camionero” en los dos brazos y, cuando empieza el verano, en las playas estamos pálidos desde el cuello hasta, justamente, la altura de las mangas de la camiseta.

Una vez aclarado el vocabulario, tengo que contaros una historia que combina un “moreno cangrejocamionero”, sufrido por un amigo mío y el compañero que decidió ir con él a pasar la ITV de su coche.

Julio, Madrid, calor mortal, y dos horas en la cola de la ITV, esperando dentro del coche. Os podréis imaginar el aburrimiento, aunque es cierto que la música hace mucha compañía en estos casos. En cualquier caso, como ya he dicho, lo peor no fue la espera ni el aburrimiento, sino el sol que les quemó, a cada uno, el brazo que tenían fuera de la ventanilla.

Imaginaos lo divertido que puede ser ver a un amigo con el brazo izquierdo rojo (pero “rojo camionero”, es decir, solo hasta la manga de la camiseta) y el derecho blanco… Lo mejor de todo era que su compañero había sido víctima, como es obvio, del fenómeno de “morenocangrejo-copiloto”; es decir, brazo izquierdo blanco y brazo rojo quemado.

A ver quién se va a la playa a lucir cuerpo bronceado en esas condiciones…

(Gracias a J. por su historia).