No corras persiguiendo al autobús – Mi vida en cámara oculta

No corras persiguiendo al autobús

Correr a toda velocidad detrás de un autobús que estás a punto de perder puede no ser tan buena idea. En realidad hay muchas probabilidades de que la misión salga mal: a lo mejor no llegas a tiempo a la parada para subirte, o sí llegas pero el conductor se niega a abrirte la puerta, o lo alcanzas en el último segundo y no te ve porque arranca sin mirar el retrovisor.

Hoy te presento una nueva opción, todavía más desagradable si tienes prisa. Porque yo aquel día iba con el tiempo muy justo para unas gestiones y no lo pensé ni un segundo: eché a correr a toda velocidad para no perder el autobús.

Ahora llega la parte graciosa/ridícula: yo perseguía un autobús de una línea que tiene muchas paradas en común con otra, y estaba convencida de que, nada más girar la esquina, la primera parada era común para esas dos líneas.

¡Sorpresa sorpresa! Llegué con la lengua fuera y el corazón palpitando a tres mil por minuto. Y llegué justo a tiempo para que el autobús pasara por delante de mí mientras el conductor me señalaba el cartel de la parada y sacudía la cabeza.

autobús mi vida en cámara oculta

Me quedé a cuadros. Miré rápidamente el cartel… Efectivamente: esa parada solo correspondía a la otra línea. La de mi autobús estaba algo más adelante, y por más que corrí ya fue imposible llegar a tiempo.

¿Qué conclusión saco? Pues que la misión de cazar el autobús, con las prisas, fue un desastre. Y también aprendí una lección: asegúrate de que esa parada forma parte del recorrido de tu línea :-/

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Viajes de pesadilla: de Zagreb a Sarajevo en autobús

Viajes de pesadilla: de Zagreb a Sarajevo en autobús

Este verano me lancé a una aventura inolvidable con tres grandes amigas: nos animamos a hacer un viaje por las capitales de los Balcanes en autobús y tren, saltando de una ciudad a otra en transporte público.

Hay que mencionar, de entrada, que los servicios por lo general son bastante pobres y funcionan mal, pero nada nos había preparado para el que fue nuestro primero contacto con las agencias de autobuses en los Balcanes.

Por si fuera poco, era el primer trayecto que teníamos que hacer allí, entre Zagreb y Sarajevo, y resultó ser el peor con diferencia de todo el viaje. Eso sí: el resto de problemas y situaciones surrealistas de las vacaciones nos parecieron un chiste en comparación con la pesadilla de ese trayecto.

Nuestro viaje comenzó con un vuelo Madrid – Zagreb (Croacia), y después seguimos nuestra ruta en un autobús nocturno hasta Sarajevo. Y aquí es donde empiezo a contar todas las penas…

El autobús era más pequeño de lo habitual, bastante viejo, y sin apenas espacio en el maletero. Los muy “simpáticos” habían vendido más billetes que el número de plazas disponibles, así que el acceso al autobús se convirtió en una auténtica guerra por ver quién subía primero y quién metía primero las maletas.

Viajes de pesadilla: de Zagreb a Sarajevo en autobús

Nosotras, al ser un grupo de cuatro, decidimos dividir los esfuerzos: dos de mis amigas subieron a los asientos con sus macutos, porque no había espacio libre en el maletero, y se encargaron de vigilar otros dos asientos para mi otra amiga y para mí.

Mientras uno de los conductores hacía revisión dentro del autobús, gritando sin parar en bosnio o en croata (no hablaba una palabra de inglés), el otro conductor se dedicaba a ignorarnos abajo, sin importar que le mostráramos los billetes o que intentáramos por todos los modos posibles que nos dejaran meter nuestro equipaje.

Así que dos sufrían dentro, recibiendo broncas e intentando explicarse con alguien que no quería entenderlas, mientras otras dos sufríamos fuera, pensando que nos íbamos a quedar en tierra.

Al final, sin saber cómo, nuestros dos macutos entraron (de chiripa) en el maletero a reventar, y pudimos subir a los dos asientos que nos habían guardado nuestras amigas. Hubo otras personas que se quedaron en tierra, y tuvieron que reclamar por el overbooking.

Nosotras respiramos tranquilas en los asientos, pero la pesadilla no había hecho más que empezar. Los conductores encendieron el aire acondicionado a una temperatura muy muy muy baja. Nos pusimos todas las capas que pudimos pero aun así era muy difícil no tiritar. Por si fuera poco, el aire también salía de los laterales, junto a las ventanas, y ni las cortinas nos salvaban del frío.

Recordemos, por cierto, que teníamos dos macutos en medio del pasillo porque no habían entrado en el maletero…

¡Ah! Los conductores también decidieron que no iban a dejarnos dormir en toda la noche, porque se pasaron el viaje entero escuchando música A TODO VOLUMEN, y cada dos por tres encendían todas las luces del autobús sin ningún motivo.

Podría contar otras muchas cosas de ese viaje insufrible, pero casi es mejor olvidarlo… ¡Vaya pesadilla!

Metro de Madrid

Empezando los viajes con buen pie

Metro de Madrid

Imagen de TomTom24.

Como si se tratara de algún tipo de odiosa magia oscura, llevo todo el día intentando publicar esta entrada y mi conexión a Internet no se pone de mi parte. Así que yo la guardo y a saber a qué hora o qué día decide la informática hacerme un poco de caso…

En cualquier caso, por muy desesperada que me tenga dicho problema, he de decir que me hace gracia porque parece un “guiño” a la temática del post.

Como ya os he explicado, asistí hace poco a un encuentro científico en Granada, y el hotel supuso una desagradable sorpresa para los que tuvimos el dudoso honor de alojarnos en él.

Ahora bien: desde el mismo momento en que salí de casa para ir a la estación de autobuses y comenzar el viaje, las fuerzas del universo se aliaron en mi contra para dar lugar, una vez más, a ese tipo de historias de “catastróficas desdichas” que me ocurren cada dos por tres.

Para empezar, aguanté un retraso en el Metro debido a problemas técnicos. He de reconocer que, aunque había salido de casa con tiempo de sobra para este tipo de imprevistos, no pude evitar ponerme nerviosa.

Llegué a la estación de autobuses y, para mi sorpresa, el mío no estaba anunciado en las pantallas. Me dirigí a la zona de las dársenas y pregunté a otro conductor de la misma empresa, quien me envió hacia el otro extremo de la estación argumentando que el autobús a Granada siempre aparcaba allí.

En el supuesto sitio asignado a dicho autobús había más gente esperando, y casi estábamos al borde de un ataque de nervios porque veíamos que se acercaba el momento de la partida y no llegaba por ninguna parte…

Al final escuchamos un grito de “¡Granada!” desde el otro extremo de la estación y volvimos hacia allí a toda velocidad. El conductor nos dijo que lo sentía mucho, pero que no había encontrado sitio para aparcar en la zona que le correspondía.

¿Acaban las sorpresas? No, os aseguro que no: al llegar a la otra estación de Madrid, donde tenían que subir más viajeros, nos hicieron abandonar el vehículo a todos y cambiarnos a otro aparcado al lado porque el primero “se iba a quedar en taller para revisión”. Sí: nos tocó sacar las maletas y cambiarlas de autobús, cambiarnos de vehículo, volver a enseñar el billete, etc.

En fin… Mirándolo por el lado positivo, estaba tan agotada antes de empezar el viaje que dormí después casi dos horas seguidas.

Recorriendo Bruselas

Recorriendo Bruselas

Recorriendo Bruselas

Imagen de reine-marie.

Brujas y Gante el primer día, Amberes el segundo y destiné el tercer día a Bruselas, ya que necesitaba un poco de tranquilidad y, además, había quedado con un amigo mío que estudia en Holanda y que aprovechó mi visita para conocer la capital belga.

La mañana ya empezó con ciertas dificultades, ya que mi amigo tuvo problemas con los trenes desde Holanda y dentro de la propia Bélgica (¡qué desastre!). A eso hay que añadir que yo había salido de fiesta la noche anterior, así que me costó levantarme y “arrastrarme” hasta la estación para recogerlo.

El resto del día, sin embargo, fue muy divertido: comimos en un restaurante y no nos acordábamos de cómo pedir la cuenta en francés, así que él la pidió en flamenco y la camarera nos dijo amablemente que la palabra que buscábamos en francés era “addition”. Maldita amnesia…

Nos paseamos de un lado a otro en Metro y tranvía (en el tranvía vi a un hombre que era clavadito a uno de mis profesores de la universidad) y, cuando llegamos al Atomium, casi dimos saltos de alegría cuando nos dijeron que teníamos 2!1 en la entrada por una promoción especial de San Valentín… ¡para la que no era necesario ser pareja! Perfecto: mi bolsillo se alegró un montón.

Al final del día entramos en una especie de “círculo vicioso” por el que paseábamos en el centro y siempre acabábamos en la Grand Place (espectacular, por cierto).

Decidimos tomar un exquisito gofre con chocolate y fresas naturales junto al Maneken pis y después acabamos el día cenando en uno de los múltiples restaurantes de las callecitas centrales que, curiosamente, me recordaron muchísimo al barrio Little Italy de Nueva York.

'Baby Penguin', por Me-Liss-A

El pingüino no paga

'Baby Penguin', por Me-Liss-A

‘Baby Penguin’, por Me-Liss-A

Lo lógico es que, al leer el título del post, ya pongáis esa cara de “¿en qué lío te has metido ahora?”.

Lo cierto es que el calorcito y la apertura de las piscinas me han recordado una de las anécdotas más curiosas y divertidas de mi vida. Todo ocurrió hace dos años cuando, en una visita al Aquópolis con dos amigas, decidieron comprarme un pequeño pingüino hinchable (el pingüino es uno de mis animales favoritos).

Esa tarde jugamos con él en la piscina de olas, y en cuanto decidimos que preferíamos volver a alguno de los múltiples toboganes, deshinchamos a mi querido pingüino, y ya no salió de la mochila hasta que llegué a casa, donde lo lavé y decidí que ocupara un cómico lugar protagonista en mis estanterías de la habitación (todo el que entra en mi cuarto se ríe cuando lo ve).

En septiembre, una de mis amigas nos invitó a la piscina de su urbanización a pasar el día. Como la susodicha vive un poquito lejos, es inevitable coger el autobús para ir, y me ofrecí para pagar el viaje a un amigo que, en el último momento, se dio cuenta de que se había dejado el abono de transportes en casa.

El pingüino hinchable se vino con nosotros, pero a la ida permaneció desinflado y doblado dentro de mi bolsa. En la piscina, fue el hazmerreír del socorrista, que tenía en la cara esa expresión de “lo que hay que aguantar, con lo mayorcitos que sois…”.

Sin duda, lo más divertido de la tarde fue el regreso. Al subir al autobús, yo llevaba en la mano a nuestro querido pingüinito, y el conductor se quedó alucinando porque, nada más entrar, piqué dos veces el billete (recordad que tenía que pagar el viaje del amigo olvidadizo, que había entrado al autobús justo detrás de mí).

Como ya digo, el conductor puso una cara de no haber visto nada tan extraño en su vida, y me dijo “Pero tranquila, que el pingüino no paga”.

Todos mis amigos (por supuesto, yo incluida) se echaron a reír a carcajadas, y me costó bastante explicarle que en realidad había usado el billete para el viaje de mi amigo…

Creo que al pobre hombre le costó concentrarse para conducir durante el resto del trayecto. También supongo que nuestras risas no ayudaban.