“¡Salva a mi hija!”

Esta anécdota que os cuento hoy me ocurrió en el verano de 2010, cuando estaba estudiando en una pequeña ciudad de Francia (si hacéis memoria, recordaréis muchos posts que conté sobre aquel mes tan curioso).

Sin embargo, nunca es tarde para recuperar algunas historias que nunca llegué a publicar, y he decidido que este es el momento. De hecho, durante unos días estaré de mini-vacaciones en Barcelona, así que tendré nuevas aventuras que contaros cuando vuelva.

Retrocedo a Francia y al verano de 2010. Un día de los que fui a la famosa piscina con toboganes, una madre me pidió que cuidara de su hija… O, más bien, me lo gritó con una mezcla de diversión y desesperación. Me explico:

Había dos toboganes. Empezabas el recorrido en uno de ellos (con flotador) y “aterrizabas” en una piscina intermedia donde te tenías que empujar con bastante dificultad (por culpa de ese maldito flotador) hasta la caída del segundo tobogán.

Esta madre iba delante de mí con dos niños, y la pobre no fue capaz de empujar a los dos de tal forma que cayeran a la vez que ella por ese segundo tobogán. De hecho, lo que ocurrió fue que cayó ella sola hacia el final del recorrido, y mientras caía me gritó: “¿Puedes empujarles, por favor?” Repito: había desesperación y humor en sus ojos.

En fin, supongo que a los niños les hizo mucha gracia que una desconocida bastante patosa (de nuevo, por culpa del flotador gigante) consiguiera empujarlos para llevarlos con su mamá…

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