Extraña bienvenida en París

París

Imagen de Benh LIEU SONG

Queridos lectores: durante todo el mes de julio, os escribo desde París, donde estoy estudiando francés para aprobar un examen importante. Pero este párrafo me ha quedado demasiado formal, así que vamos a lo que de verdad importa.

Vaya días llevo. Para empezar, pitó el detector de metales en el aeropuerto de Madrid. No tendría por qué ser extraño, pero es que el único metal que llevaba encima (aparte del hierro de la sangre) eran las anillas de los cordones de mis zapatillas. Lo prometo. Ni pendientes, ni colgantes, ni anillos, ni cinturón, ni monedas, ni llaves… ¡y la máquina pita! ¿No nos hemos vuelto un poco paranoicos con la seguridad?

Cuando consigo llegar a la puerta de embarque, me ocurre algo a lo que nunca había tenido que enfrentarme: el lector no reconoce mi tarjeta de embarque, a pesar de que la había impreso ese mismo día, en el aeropuerto. Tuve que sacar de nuevo el DNI y mi tarjeta de socia de la aerolínea para que “comprobaran mi identidad”. Aaay…

¿Más? Sí, claro; ya sabéis que mis historias nunca se acaban. Al llegar al aeropuerto de París, las pantallas anuncian un tiempo aproximado de 40 minutos para la entrega de maletas…

Una vez recuperad a mi querida compañera de viaje y todo su contenido, me recorrí todo el aeropuerto hasta las vías de tren con destino a la ciudad. El problema fue que, después de esperar un montón de tiempo en la cola de la máquina de compra de billetes, la susodicha solo aceptaba pago con monedas, y yo no llevaba suficiente “suelto”.

El tren iba a reventar y tuve que salir casi a empujones, mientras un amable compañero de fatigas en el vagón me ayudaba a sacar la maleta entre la gente. Pero la salida a la calle no fue mucho mejor, ya que nadie conocía la calle de mi residencia, y al final tuve que apañarme con los mapas del móvil.

Toda una horrible aventura que tiene su recompensa en la residencia… Bueno, solo si obviamos el detalle de que mi habitación está en un cuarto piso. Sin ascensor. Me ayudó la chica de recepción a subir la maleta. Y que conste que ese día yo tenía tortícolis y lumbago…

¡Menuda bienvenida que me ha dado París!

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