La maldición de la autoescuela

Autoescuela

Imagen de Line-of-Pix.

Todavía me quedan anécdotas de la autoescuela.

Teníamos un profesor que se metía mucho conmigo porque, a menudo, se me olvidaba apagar las luces del coche cuando salía. Teniendo en cuenta que formábamos parte del último turno de aparcamiento, dejarlas encendidas suponía que el coche se quedara así durante toda la noche, y esa no era la mejor de las ideas.

Recuerdo un día en el que se me dio particularmente mal eso de aparcar. El día parecía no acabarse y casi celebré de todas las maneras posibles el fin del circuito.

Le entregué las llaves del coche, muy aliviada, a mi profesor (tengo que añadir que el susodicho es aquel que me odió profundamente por olvidar las llaves en una ocasión anterior). Su respuesta fue maravillosa: “¿Tú en tu casa dejas las luces encendidas cuando sales?”

V ale, vale: cagada una vez más. Y o creía que este profesor tendría ya un muñequito vudú para torturarme, pero lo cierto es que el karma o la casualidad me otorgaron una dulce venganza.

Volviendo hacia Madrid esa misma tarde, en su coche, charlábamos dos alumnas y él sobre música y otros temas en general. De repente (ya casi entrando en Madrid), nos mandó callar a las dos, me miró con cara de angustia y me dijo: “¿He apagado las luces generales del circuito?”

Mi compañera y yo empezamos a reírnos como nunca, aprovechando su frase “¿Es que no apagas las luces en tu casa?”

Le recordé y aseguré que sí las había apagado (porque, de hecho, me había dejado sin luz mientras yo estaba acabando de aparcar), le insistí en que no se preocupara y ya se quedó más tranquilo.

¿Lo más gracioso? Al día siguiente hubo un apagón en el circuito y estuvimos varios días aparcando sin luz. Una perfecta venganza para meternos con él, que había sido el último en tocar el cuadro de luces.

Pero la ley de Murphy hizo que, uno de los días, me tocara aparcar con un coche que tenía una rueda pinchada. Y cuando nos dimos cuenta, la única opción que quedaba para aparcar era otro coche sin luces.

O sea, en resumen: era una noche muy lluviosa, sin luces generales en el circuito, y yo conducía un coche sin luces.

Y yo os lanzo de nuevo esa pregunta: ¿de verdad es divertido conducir?

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