La respetuosa comunicación entre conductores

La respetuosa comunicación entre conductores

Imagen de Agência Brasil.

Tengo que comunicaros oficialmente que odio conducir. No solo porque aún estoy empezando y no me gusta estar pendiente de tantas cosas a la vez (volante, intermitentes, retrovisores, palanca de cambios, pedales, señales del suelo, señales verticales, semáforos, peatones y profesor de autoescuela), sino porque los madrileños al volante tienen muy poca paciencia o, mejor dicho, ninguna.

Me fastidia muchísimo que, al mínimo fallo que cometo cuando estoy en mi clase práctica de circulación, cualquier conductor estresado y amargado de la vida empiece a pitar y a echármelo en cara. ¡A ver si se enteran de que, si voy en coche de autoescuela, es PORQUE ESTOY APRENDIENDO!

Cuando ya has recibido unas cuantas clases, aprendes a ignorar a todos los insufribles conductores madrileños que han olvidado muy fácilmente lo mucho que les costaba a ellos también coger el volante los primeros días. Y lo mejor de todo es que, finalmente, te tomas las cosas con mucho sentido del humor.

El otro día, mi profesor de autoescuela me explicó que, una vez superados los fallos más básicos, lo importante es aumentar la velocidad de reacción “para que no te coman los tiburones, sobre todo si conduces en Madrid”.

Me lo estoy tomando al pie de la letra y reacciono cada vez más rápido, pero el otro día se me caló el coche en un giro cuesta arriba. Exactamente 0,000000000000001 segundos después (eso sí que es un récord de reacción), el conductor del coche que me seguía descargó toda su energía en el claxon.

Mi profesor de autoescuela, con toda la santa paciencia de su profesión, no me regañó ni se enfadó. Sin inmutarse (como casi siempre) y con toda la tranquilidad del mundo (utilizando su habitual voz suave y relajada), me dijo: “Arranca”.

Si ya de por sí agradecí enormemente la forma de decírmelo, aluciné en colores cuando vi que, en el momento en que estaba poniendo otra vez el coche en marcha, mi profesor estaba, literalmente, haciendo el “signo internacional del dedo” por el retrovisor al conductor de detrás.

Me eché a reír con ganas y ya terminé mi clase de conducción con un buen humor impresionante. Al final, mi profesor me dijo: “Bueno, ya sabes, tienes que ser un poquito más rápida, pero es que ese… ¡ese era idiota, directamente!”

Gracias, C. He aprendido una gran lección de comunicación al volante. Me recuerda a este gracioso Manual de conducción por Madrid que leí hace tiempo…

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