Espectacular caída de la bici

'Bicicleta Free Spirit', por Toño Hernández

‘Bicicleta Free Spirit’, por Toño Hernández

¡Chicos, chicas! ¡Queridos lectores! ¡El ser humano puede volar! Lo he comprobado yo misma en un “vuelo sin motor” desde la bici. Hasta el niño de ET tendría envidia de mí.

Para que entendáis lo gracioso (o patético) de mi espectacular caída, tengo que contaros primero que, antes de ir a Francia, solo había cogido la bici tres veces en mi vida, ya que de pequeña me negué a aprender (no me gustaba) y después me vi obligada, a los 15 años o así, a usarla para unas actividades programadas en mi grupo scout.

Esas tres ocasiones en las que había utilizado la bici habían sido para aprender (primer día), para salir a dar una vuelta en un parque (segunda vez) y… La tercera vez en mi vida que cogí la bici fue para una marcha por la montaña. Sí, estoy un poco loca, lo sé.

Lo curioso de todo ello es que, a pesar de haber aprendido a usarla tan tarde, y a pesar de unirme a la aventura de la marcha de montaña, no me caí ni una sola vez.

Este mes de julio, en Francia, la familia con la que me alojaba me ofreció una bici para moverme por la ciudad, ya que está perfectamente adaptada para ciclistas: carriles bici, fantástica señalización, semáforos independientes, conductores prudentes y un largo etcétera.

Obviamente, mi miedo me impedía lanzarme directamente a ese modo de transporte, pero decidí salir un par de tardes, en horas sin tráfico, a practicar un poco por la zona.

Me sorprendió comprobar que no se me daba tan mal, así que el tercer día que salí se me ocurrió decirle al niño de la casa (9 años de edad) que me acompañara. Todo iba fenomenal, de hecho es mucho más divertido salir con alguien más, si no fuera porque empezamos a bajar a toda velocidad por una cuesta y me adelantó.

El verdadero problema llegó cuando, sin pensar, se le ocurrió frenar en seco ante una bifurcación para preguntarme qué camino íbamos a seguir. No solo no me dio tiempo a frenar, sino que ni siquiera tuve tiempo para reaccionar. Mi bici chocó con la suya y yo volé (sí, literal, VOLÉ) por encima del niño y de las bicis y aterricé en el suelo con un golpe que no olvidaré nunca.

Primera vez en la vida que me caigo de una bici, y encima no fue mi culpa. Nunca más volveré a hacer ciclismo acompañada, y menos con un niño.

Para colmo, una semana más tarde, en la famosa noche de discoteca, escuché la canción Même pas fatigué, que terminaba con la frase: “I believe I can fly, mon frère… Tu es tombé du vélo, haha”. (Creo que puedo volar, hermano… Te has caído de la bici, jaja).

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